Cómo
sería estar en Sham
Lenguas
ancestrales de barros cocidos
de
nuestro pasado ya pisado,
me
hablan de un punto llamado Sham
donde
convergen continentes,
donde
se mezclan culturas y se aceptan
como
la roca al musgo húmedo,
donde
se vive en armonía y respeto
entre
una multisápida Torre de Babel,
donde
existen ocho pórticos del tiempo
que
hay que traspasar sin pensar ni dudar,
donde
se respira por doquier el polvo contagioso
de
las depuradas filosofías, ciencias y artes,
y
todavía se escuchan los murmullos del zoco,
del
jolgorio y los regateos, adheridos
a
los muros laberínticos de piedra.
Quisiera
conocerte más de cerca,
experimentar
la trashumancia móvil
de
tus apretados rebaños coloridos,
tatuada
con los rojos del verano lánguido
o
del petrificado invierno de cristales,
complacer
la codiciosa boca sumisa
ante
las notas apremiantes
del
alcanforado cardamomo verde,
taracear
la madera de los fragantes cedros
en
un recamado joyero de sueños
donde
puedan navegar las flores del nácar,
bailar
la hipnótica Danza de La Espada
con
su apasionada partitura fiel y originaria,
representar
la obra magistral de todos los tiempos:
“Fin
de la Guerra”, en el gran Teatro de Bosra,
subir
las graderías con larga túnica de lino drapeado
y
oír los fuertes aplausos, como ecos multiplicadores
desde
la exaltada tribuna de las vibrantes arengas,
entregarme
en un trance voluptuosamente profundo
al
narcótico vapor del hamman de domo horadado,
en
una trilogía de purificación vital, tibieza y luz,
fusionados
en giros derviches de mente cuerpo y espíritu,
capaces
de elevarnos a niveles contemplativos inimaginables!
Déjame
anudar la lana cruda de tus alfombras,
soplar
el vidrio herbal de las estilizadas botellas
rebosantes
de los aceites de olivas más selectos,
oler
a mazapán, miel, granadas y almendras,
beber
los preciados vinos del siglo IV a.C
de
la copa cautivadora de Cleopatra,
macerados
de las ciruelas más oscuras,
o
de las dulces uvas de Apamea,
delinear
cuidadosamente mis párpados con kohl
para
enmarcar las ventanas abiertas de mi alma
con
la más brillante y diáfana galena negra,
surcar
los afluentes de Jabur, Chagchag y Balij,
y
convertir mis desiertos en vergeles del Edén,
cruzar
los siete cielos sobre caballo de marfil alado,
volar
en tus legendarias alfombras mágicas
para
envolverme como una elegante voluta,
artística,
estilizada y geométrica,
inspirarme
en el Código de Hammurabi
obsequio
del Dios Samash de la Justicia,
para
disciplinar a todas las estrellas dispersas
al
tallarlas en alargadas estelas de diorita,
presenciar
la limpia molienda del trigo
y
pulverizarme hasta ser partícula
de
su misma madre piedra,
sumergir
mi torso en el calor soporífero
de
las ocultas termas minerales primitivas,
y
robarle el dulzor, con ánfora terracota,
a
la prístina agua del manantial de Aqfa.
Invocar
el oráculo de las divinidades
sobre
ardiente pireo, ofrendando inciensos
de
resinas finas, y almizcle de ciervos,
como
sacerdotiza consagrada a los Templos,
de
Nabu, Dios de la sabia escritura,
que
sella el destino de cada persona,
o
de Balshemen, el dueño de los cielos,
y
transitar en sus mortuorios hipogeos
custodiando
el aceite aromático de Terebinto,
capaz
de momificar la piel fresca, en eternidades.
Enjaezar
mi camello con perlas iridiscentes del Indico
y
su silla, con aridez y estepas profusamente bordadas,
pasar
el resto de mi vida como nómada sin fronteras
con
la simplicidad de una jaima y de una robusta tetera
mirando
al apretado nudo de errantes constelaciones,
y
sintiendo el movimiento ondulante de las dunas
que
jamás podrán represar los dedos de mis pies...
Ser
versada en la exquisita grafía árabe
para
que mi nombre sea bendecido 99 veces,
oír
el cadencioso llamado a la oración
desde
el pináculo dorado del solitario minarete,
leer
los poemas sumerios de Gilgamesh
entre
capiteles corintios, o abigarrados crismones,
estudiar
en la cúpula de Águila de tu Madrasah
la
arquitectura fina de las mucarnas,
dispuestas
en laboriosas estalactitas
cuando
se le cantan oraciones de mimbre trenzado,
hacer
las cinco abluciones diarias
en
la fuente ritual de los mares del bronce
con
pisos de mosaicos de intrincada matemática,
plasmar
el pictograma de mi cuerpo en tus paredes
para
estar día y noche, siempre presente,
trasmutar
la leyenda y ser la Astarté
correspondida
con el amor de Enkidú,
y
obsequiarle a Humbaba, el toro de los cielos,
para
partir sobre él, entrelazados hasta el infinito,
encender
por doquier, lámparas de aceite balsámico,
y
ahuyentar la negrura huraña de la noche,
retomar
en Aleppo, la lectura de tu poesía noble
en
lo que fue el principal centro cultural árabe,
del
948 a.C, como lo hizo Al Mutanabbi,
uno
de los mejores líricos de esos tiempos,
ante
su mecena, el príncipe poeta Saif al- Dawla.
No
es fácil ser emigrante, y menos, refugiado.
Esperando
la ansiada paz en Siria,
sólo
puedo escribirte mis más conmovidos versos,
ofrendarte
mi apasionado corazón desnudo,
cubrir
de resplandor, las lágrimas enlutadas de mi rostro,
de
aquellas lunas llenas de 1882, en Puerto Cabello,
para
remontarme de nuevo, a mar abierto,
y
darle la bienvenida a mi procedencia árabe,
aquellos
que ya abundantemente parieron
los
descendientes nobles de raíces fuertes,
en
el vientre bendito y generoso de Venezuela.
Soñando
despierta, me pregunto,
¿cómo
sería surcar esos extensos océanos
para
llegar a ese fascinante país,
el
de Las Mil y Una Noches,
y
seguir renaciendo una y otra vez, en ti,
como
una frondosa y perfumada higuera,
mi
Siria querida, hasta el día que muera?
Astrid Colomine (poeta venezolana)