26 de junio de 2018


Cómo sería estar en Sham

Lenguas ancestrales de barros cocidos
removidas entre el fuego                                 
de nuestro pasado ya pisado,
me hablan de un punto llamado Sham
donde convergen continentes,
donde se mezclan culturas y se aceptan
como la roca al musgo húmedo,
donde se vive en armonía y respeto
entre una multisápida Torre de Babel,
donde existen ocho pórticos del tiempo
que hay que traspasar sin pensar ni dudar,
donde se respira por doquier el polvo contagioso
de las depuradas filosofías, ciencias y artes,
y todavía se escuchan los murmullos del zoco,
del jolgorio y los regateos, adheridos
a los muros laberínticos de piedra.

Quisiera conocerte más de cerca,
experimentar la trashumancia móvil
de tus apretados rebaños coloridos,
tatuada con los rojos del verano lánguido
o del petrificado invierno de cristales,
complacer la codiciosa boca sumisa
ante las notas apremiantes
del alcanforado cardamomo verde,
taracear la madera de los fragantes cedros
en un recamado joyero de sueños
donde puedan navegar las flores del nácar,
bailar la hipnótica Danza de La Espada
con su apasionada partitura fiel y originaria,
representar la obra magistral de todos los tiempos:
Fin de la Guerra”, en el gran Teatro de Bosra,
subir las graderías con larga túnica de lino drapeado
y oír los fuertes aplausos, como ecos multiplicadores
desde la exaltada tribuna de las vibrantes arengas,
entregarme en un trance voluptuosamente profundo
al narcótico vapor del hamman de domo horadado,
en una trilogía de purificación vital, tibieza y luz,
fusionados en giros derviches de mente cuerpo y espíritu,
capaces de elevarnos a niveles contemplativos inimaginables!

Déjame anudar la lana cruda de tus alfombras,
soplar el vidrio herbal de las estilizadas botellas
rebosantes de los aceites de olivas más selectos,
oler a mazapán, miel, granadas y almendras,
beber los preciados vinos del siglo IV a.C
de la copa cautivadora de Cleopatra,                         
macerados de las ciruelas más oscuras,
o de las dulces uvas de Apamea,
delinear cuidadosamente mis párpados con kohl
para enmarcar las ventanas abiertas de mi alma
con la más brillante y diáfana galena negra,
surcar los afluentes de Jabur, Chagchag y Balij,
y convertir mis desiertos en vergeles del Edén,
cruzar los siete cielos sobre caballo de marfil alado,
volar en tus legendarias alfombras mágicas
para envolverme como una elegante voluta,
artística, estilizada y geométrica,
inspirarme en el Código de Hammurabi
obsequio del Dios Samash de la Justicia,
para disciplinar a todas las estrellas dispersas
al tallarlas en alargadas estelas de diorita,
presenciar la limpia molienda del trigo
y pulverizarme hasta ser partícula
de su misma madre piedra,
sumergir mi torso en el calor soporífero
de las ocultas termas minerales primitivas,
y robarle el dulzor, con ánfora terracota,
a la prístina agua del manantial de Aqfa.

Invocar el oráculo de las divinidades
sobre ardiente pireo, ofrendando inciensos
de resinas finas, y almizcle de ciervos,
como sacerdotiza consagrada a los Templos,
de Nabu, Dios de la sabia escritura,
que sella el destino de cada persona,
o de Balshemen, el dueño de los cielos,
y transitar en sus mortuorios hipogeos
custodiando el aceite aromático de Terebinto,
capaz de momificar la piel fresca, en eternidades.

Enjaezar mi camello con perlas iridiscentes del Indico
y su silla, con aridez y estepas profusamente bordadas,
pasar el resto de mi vida como nómada sin fronteras
con la simplicidad de una jaima y de una robusta tetera
mirando al apretado nudo de errantes constelaciones,
y sintiendo el movimiento ondulante de las dunas
que jamás podrán represar los dedos de mis pies...

Ser versada en la exquisita grafía árabe
para que mi nombre sea bendecido 99 veces,
oír el cadencioso llamado a la oración
desde el pináculo dorado del solitario minarete,
leer los poemas sumerios de Gilgamesh
entre capiteles corintios, o abigarrados crismones,
estudiar en la cúpula de Águila de tu Madrasah
la arquitectura fina de las mucarnas,
dispuestas en laboriosas estalactitas
cuando se le cantan oraciones de mimbre trenzado,
hacer las cinco abluciones diarias
en la fuente ritual de los mares del bronce
con pisos de mosaicos de intrincada matemática,
plasmar el pictograma de mi cuerpo en tus paredes
para estar día y noche, siempre presente,
trasmutar la leyenda y ser la Astarté
correspondida con el amor de Enkidú,
y obsequiarle a Humbaba, el toro de los cielos,
para partir sobre él, entrelazados hasta el infinito,
encender por doquier, lámparas de aceite balsámico,
y ahuyentar la negrura huraña de la noche,
retomar en Aleppo, la lectura de tu poesía noble
en lo que fue el principal centro cultural árabe,
del 948 a.C, como lo hizo Al Mutanabbi,
uno de los mejores líricos de esos tiempos,
ante su mecena, el príncipe poeta Saif al- Dawla.
No es fácil ser emigrante, y menos, refugiado.
Esperando la ansiada paz en Siria,
sólo puedo escribirte mis más conmovidos versos,
ofrendarte mi apasionado corazón desnudo,
cubrir de resplandor, las lágrimas enlutadas de mi rostro,
de aquellas lunas llenas de 1882, en Puerto Cabello,
para remontarme de nuevo, a mar abierto,
y darle la bienvenida a mi procedencia árabe,
aquellos que ya abundantemente parieron                         
los descendientes nobles de raíces fuertes,
en el vientre bendito y generoso de Venezuela.

Soñando despierta, me pregunto,
¿cómo sería surcar esos extensos océanos
para llegar a ese fascinante país,
el de Las Mil y Una Noches,
y seguir renaciendo una y otra vez, en ti,
como una frondosa y perfumada higuera,
mi Siria querida, hasta el día que muera?

Astrid Colomine (poeta venezolana)

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