Tailandia-Vietnam-Camboya
Tierra noble, valiente, serena,
dulce
corazón de antiguo invernadero,
germinas
en mi piel aceleradamente
como
afiebradas escamas doradas
de un dragón genuinamente asiático,
tatuajes,
signos, símbolos,
que
impregnan con su vocabulario de sueños
ese
sello único de pensamiento calmo,
la
sonora lengua guiando
la
ruta de la exquisita seda,
de
los ingrávidos budas
de
recogido cabello en apretado nido,
en
posición de perfumado loto,
de
filigrana y polvo de estrellas,
ojos
horizontales, oblicuos, lineales,
agua,
agua y más agua,
condensada
en un oboe de mar,
en
una sola nota violentamente turquesa…
Esparces
tu olor de incienso puro,
todo
se mueve como en un denso
proveniente
de enrollados cordeles
que
nos recuerdan perfumes primitivos
instintivos,
remotos, rituales,
que
se intuyeron perdidos,
monjes
con rostros de luna semi-oculta,
enigmáticos,
desnudos, risueños, cansados,
sobresaliendo
de su rudo y áspero naranja envolvente,
barcas
desbordantes de colores estridentes,
sabores
poco paladeados,
sonidos
profundos que tocan el alma,
cabezas
gigantes tan duales
como
la danza anónima entre el bien y el mal,
mostrando
sin temor ese lado oscuro del corazón
tan
adherido a nuestra parte sagrada.
Me
balanceo en tus anchos columpios
de
madera suavemente virgen,
penetro
en tus exquisitos templos
robando
y profanando
su
rara belleza escondida,
mis
ojos se cubren de altas raíces
se
activa la meditación y el éxtasis
desde
mi Hara, desde mis venas,
y
un puñado de azafrán
se
deposita en mi húmeda boca
convirtiéndome
en un gigantesco mantra
profusamente
vivo, libre, sentido,
que
me eleva poco a poco
hasta
el séptimo cielo.
Astrid Colomine (poeta venezolana)


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