24 de julio de 2018


Tailandia-Vietnam-Camboya


Tierra noble, valiente, serena,
dulce corazón de antiguo invernadero,
germinas en mi piel aceleradamente
como afiebradas escamas doradas

de un dragón genuinamente asiático,
tatuajes, signos, símbolos,
que impregnan con su vocabulario de sueños
la espesa tinta henna,
ese sello único de pensamiento calmo,
la sonora lengua guiando
la ruta de la exquisita seda,
de los ingrávidos budas                   
de recogido cabello en apretado nido,
en posición de perfumado loto,
de filigrana y polvo de estrellas,
ojos horizontales, oblicuos, lineales,
agua, agua y más agua,
condensada en un oboe de mar,
en una sola nota violentamente turquesa…


Esparces tu olor de incienso puro,
todo se mueve como en un denso
y móvil enjambre embriagante,
proveniente de enrollados cordeles
que nos recuerdan perfumes primitivos
instintivos, remotos, rituales,
que se intuyeron perdidos,
monjes con rostros de luna semi-oculta,
enigmáticos, desnudos, risueños, cansados,
sobresaliendo de su rudo y áspero naranja envolvente,
barcas desbordantes de colores estridentes,
sabores poco paladeados,
sonidos profundos que tocan el alma,
cabezas gigantes tan duales
como la danza anónima entre el bien y el mal,
mostrando sin temor ese lado oscuro del corazón
tan adherido a nuestra parte sagrada.


Me balanceo en tus anchos columpios
de madera suavemente virgen,
penetro en tus exquisitos templos
robando y profanando
su rara belleza escondida,
mis ojos se cubren de altas raíces
se activa la meditación y el éxtasis
desde mi Hara, desde mis venas,
y un puñado de azafrán
se deposita en mi húmeda boca
convirtiéndome en un gigantesco mantra
profusamente vivo, libre, sentido,
que me eleva poco a poco
hasta el séptimo cielo.

Astrid Colomine (poeta venezolana)



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