8 de agosto de 2018

Mustafa de Basora
Elegía a un niño muerto, a una ciudad demolida
(Escrito con motivo de la invasión de Basora por parte de las tropas estadounidenses y británicos)

(1)
Árbol claro, cielo verde,
una fragancia africana humedece el agua;
con un olor a alheña de mar te conocimos
y te pusimos nombre:
Basora, nuestra ciudad.
A ti vinimos a aprender cómo las setas
nacen diseminadas entre las sombras y las palmeras;
a aprender la llamada de la oración los días de fiesta,
a jugar con peces tranquilos
y sortear serpientes de río.
Aquí, también, aprendimos a sentarnos con las nubes
y con sus ubres de lluvia.
Habíamos crecido ya?
O eran la lluvia y sus gotas las que lo habían hecho?
Aprendimos a aspirar el olor narcótico de las rosas
y supimos que la corola de una flor es como carne.

Nos sumergimos lejos, en ríos de voces confusas.
Quién ha plantado esta vid en el surtidor de la mezquita? 
La biblioteca de los manuscritos primigenios,
en el bolsillo de la túnica.
Partí, lejos, hasta la puerta de Salomón.
Mi príncipe, en su palacio fluvial, estaba preso.
Cuando fuimos -los estudiantes de Mahmudiya-
a manifestarnos
dijeron que la policía nos perseguiría.
Allí, en los parques desiertos fumamos
nuestros primeros cigarrillos
y lloramos de miedo.

El olor de las plantas acuáticas,
el pez muerto en la canícula, 
puentes que nos llevan,
puentes que nos traen y puentes que nos limpian;
los balcones de las princesas de la India quedan lejos,
los jardines quedan lejos,
la puerta de Salomón, lejos.
Y también la casa.
El sol se envolvió de una suave concha
y se echó a dormir.

Rebaños de cabras,
mangos de palas y azadones,
pasos de ogros y diablesas en las sombras.
Y en nuestras lágrimas se apaga la brasa
de nuestros primeros cigarrillos.

Dulce niño Mustafa,
luz de los ojos,
duerme en paz, Mustafa
niño de ojos zarcos.
Cierra los ojos y verás los caballitos
y a Basora con sus dos orillas.
Duerme mi niño,
que el Profeta te guarda
y con él todos los santos imanes.
Duerme, vida mía,duerme,

(2)
Una rosa azul,
un cielo rojo
y el agua que se torna húmeda 
con las fauces del tiburón.
Da igual, abriré una herida en mi mano
para albergar a las estrellas
y después la rociaré con polvo de corteza de palmera
y diré "hola estibadores de todos los barcos del mundo, 
hola operarios de trenes que no me han concedido
ni billete ni recuerdo".
Por la noche recorremos los portones del verano,
abrimos en los muros de su humedad agujeros por los que respirar,
lodos de nuestras cabañas, lluvias de lluvias,
faldas que se adornan de andrajos
y apagan la voz de estrellas.
Mantos que visten los techos de Basora choza a choza,
pancartas y pasquines que tremolan en el cielo rojo,
entre Qurna y Fao:
palmerales y flores de sal,
hola, tú que subes a la palma,
hola polen al viento,
hola a todas las mujeres que lleven en su ombligo 
una estrella Polar 
que gire en torno a Qurna y Fao,
en torno a nuestra ciudad.
Siete sirenas de río vinieron a nosotros en una noche
invernal para decirnos: "Bandadas de tiburones 
surcan el mar desde occidente"

Y nos echamos a la mar a su encuentro
pero en barcas de caña y bambú,
en barcas de papel,
de quebradiza y frágil concha.
Así nos hicimos a la mar
y así las fauces y las encrespadas aguas 
segaron nuestras barcas 
y el agua se hizo rojo cielo:
sangre a chorros desde Qurna hasta Fao mientras
un tiburón busca una estrella Polar que devorar.
Se han abierto las puertas de occidente.
Ciudad nuestra!
Qué tambores oímos en la noche postrada
qué terribles relatos no se evocarían
que hasta las palmeras
se vencen exhaustas sobre sus troncos.
Días de otoño que han de presentir
hasta el fin de los tiempos.
Niño dulce, Mustafa,
regalo de juventud,
ya han llegado las nubes hostiles
a llevarse a alguno más.
Niño dulce, Mustafa,
acabó lo que tenía que acabar.
Niño dulce Mustafa,
azufaifo en sus jardines,
ojalá que el sol del alba
se compadezca del que tiene el alma desgarrada de amor.

(3)
Un ataúd verde
un cielo blanco,
y el agua que se humedece
con un abanico de polen.

En la ribera de allí: mi tío.
En la ribera de acá: estaba mi padre.
En Shatt-al-Arab: un bote, solitario, oculto entre los juncos.
De las palmeras sólo quedan ahora mustios tocones.
Y un cielo blanco, un cielo que antes era verde,
extendía las manos hacia un tercer cielo:
"Estoy desnudo,
estoy desnudo,
sus cañones han arrasado los palmerales,
sus fosas han engullido a nuestras gentes.
Desnudo, me han dejado desnudo".
A Basora la han embutido en sus calles,
han profanado sus aguas para llenarlas de sal,
se han entrometido en sus libros puestos en sus estantes;
se han adentrado en su alma y ay, sólo han de salir
cuando el alma...
Ciudad nuestra!
Quién ha desbaratado los hábitos de las gaviotas?
Quién ha traído los cuervos de los cadáveres primero?
Quién te ha embadurnado de arena, perla de las riberas?
Quién ha mordido tu tierra fértil con el hedor de los muertos?
Un río abbasí excava su senda,
durante siglos este río abbasí ha surcado su senda,
desde las yermas salinas de los esclavos negros
ha surcado su senda.
Nosotros soñamos un día con poder detener
su curso con nuestras manos.
Basora, ciudad nuestra!
Siempre seremos aunque nos hagamos viejos,
tus pequeños.
Siempre llevaremos tu néctar
en los bolsillos de nuestras túnicas
para beberlo en el estertor del agua.
Ciudad nuestra!
No te has perdido,
ni nosotros nos hemos perdido;
los enemigos,
ellos nos han sacado del camino.

Mustafá, dulce niño, 
prenda hermosa de Basora,
duerme en paz y reposa.
Pero qué estrecha es la fosa!         


Saadi Yousef (poeta iraquí 1934)



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