Turquía
de dos mundos
cual
carreta atiborrada de aterciopeladas
rosas
perfumadamente frescas,
todas
frente al abigarrado portón
que
delimita el oriente, en la sugestiva Asia,
del
poniente, en la recargada y senil Europa.
Eres
la Turquía que siempre soñé conocer
al
verte dibujada en una cuadrícula del mundo
como
una singular huella de menta dejada por azar,
rodeando
un semi-cerrado mar que como su nombre,
me
lo imaginaba extremadamente negro.
Llegué
a ti dispuesta como amante deseosa
y
a cambio me brindaste placer para cada sentido:
el
sagrado misticismo de la enigmática Konya,
con
su poeta y pensador del 1200: Mevlana Caladedin Rumi,
cuya
inmutable presencia etérea te atrae
a
una gigantesca rueda de plegarias;
el
impresionante relieve volcánico de Capadoccia
derramado
como por arrebato y encanto de un gigante loco
en
pulsaciones geológicas orgásmicas sin fin,
hasta
quedarse atrapadas en el tiempo
como
esponjosas cavernas de azúcar rosa;
la
majestuosidad, vestigio inequívoco del pasado,
evidenciando
poder y riqueza aún en las ruinas
fue
transformada en ornamento,
en
elegante columna estriada,
-apoyo
fiel del leoncinio o biblioteca-,
o
en magníficos rostros de dioses paganos,
testigos
mudos de todo lo sensual y placentero
que
imprime el arte de quien sabe vivir;
el
azul cargadamente eléctrico del Mar Egeo,
impasible
frente a la rival y fragmentada Grecia;
su
reflejo repetido a través del tornasol delicado
de
las estilizadas ánforas de vidrio romano
encalladas
y descubiertas en el exquisito
puerto
de Bodrum, puerto de veleros
que
de tan blancos parecen gruesos ópalos
o
garzas de picos muy largos en bandadas,
completando
a la perfección, con un genuino amigo;
y
palpitantes sembradíos de Rize;
el
omnibulado Monasterio de Summery en Trabzon,
colgado
como una curiosa jaula rectangular
de
las puntas romas e irregulares de sus montañas,
la
pasión aberrante y adicta a Sinop,
a
sus atardeceres matizados y serenos
desdibujados
pacientemente frente a su melancólico puerto
bello,
salpicado de índigas golondrinas,
salpicado de índigas golondrinas,
que
como malla de puntos móviles van a coronar
la
áspera pared-fortaleza desde donde se divisa
degustando
un sabroso chaild con caída roja de sol
desde
los espesos pinares hasta el límite plata
que
demarca la pureza metálica del agua;
las
duras mezclas del embrujo de Estambul,
agitado,
excéntrico, irreal, asiento concentrado
palacios
de los suntuosos Aladinos de ayer,
envueltos
por el velo prisionero de sus harenes
que
como anexos inseparables penden de ellos,
como
dulces panales o colas de sirenas;
el
romanticismo penetrante y envolvente
de
sus sobrecogedoras cisternas repujadas
en
la misma historia de su acuoso mundo
en
donde internamente todo se inmola
en
la refinada estética de contorno ovalado
de
los lánguidos ojos sin luz, de Afrodita volcada;
sus multisápidos bazares donde todo se vende:
sus multisápidos bazares donde todo se vende:
el
olor embriagante del aceite del limón dulce,
la
móvil y grotesca marioneta hecha de piel curtida,
tan
delgada como translúcida membrana de arco-iris,
las
mágicas alfombras voladoras de brillante
y
mórbida seda, de mullido algodón,
o áspera lana virgen
entretejidas
en un paroxismo de imágenes,
de
formas suaves como corolas abiertas
con
preponderancia geométrica perfecta,
las
pesadas lámparas habitadas por genios
que
cumplen todos los deseos imposibles,
los
antiguos y curiosos relojes embutidos
en
esféricas burbujas de cristal de cuarzo,
las
pipas de espuma de mar lapidadas
como
aves de presa, cabezas de turco,
bestia
marina o cualquier otro sueño,
los
perfumeros de marfil pintados a mano
con
un solo pelo de dorado camello,
las
cajitas de filigrana de plata y gemas,
o
de oscura madera e incrustaciones de nácar.
También
Turquía son sus derviches danzantes,
sus
sensuales masajes en baños de pulida piedra,
sus
mujeres embebidas bajo sus pesados ropajes
que
les imprimen un aire informe, lúgubre, serio,
ajeno
a la edad, personalidad o nivel de hermosura,
todas
igualadas en un rígido y monótono uniforme
de
obligada castidad, burdo hábito de convento de clausura
que
niega rotundamente la identidad merecida y propia,
del
contorno de la hembra, la amplitud fresca de la sonrisa,
en
donde sólo la inquieta y curiosa mirada logra escapar
del
blindado cerco que el varón celoso e inseguro
que
ha podido levantar por la fuerza ante su mismo deseo;
el
arte de saber compartir lo que se tiene
sin
importar valor o cantidad disponible,
sólo
por el placer de dar y repartir con todos,
es
esa posesión del instinto perdido para tantos,
de
percibir con el sentido del corazón
y
abrirlo ante la verdadera naturaleza humana,
entregándose
por entero y sin recelos;
el
lenguaje inusual de los gestos y del tacto
que
creí extinto después de visitar muchas geografías,
y
que lo he aprendido cada día con tu gente.
Me
inclino ante tu pueblo aunque difiera por completo
de
tu duro y limitante trato ante lo femenino.
Astrid Colomine (poeta venezolana)



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