3 de agosto de 2018

Turquía de dos mundos



Mi pecho se ha volcado violentamente

cual carreta atiborrada de aterciopeladas

rosas perfumadamente frescas,

todas frente al abigarrado portón

que delimita el oriente, en la sugestiva Asia,

del poniente, en la recargada y senil Europa.



Eres la Turquía que siempre soñé conocer

al verte dibujada en una cuadrícula del mundo

como una singular huella de menta dejada por azar,

rodeando un semi-cerrado mar que como su nombre,

me lo imaginaba extremadamente negro.



Llegué a ti dispuesta como amante deseosa

y a cambio me brindaste placer para cada sentido:

el sagrado misticismo de la enigmática Konya,

con su poeta y pensador del 1200: Mevlana Caladedin Rumi,

cuya inmutable presencia etérea te atrae

a una gigantesca rueda de plegarias;

el impresionante relieve volcánico de Capadoccia

derramado como por arrebato y encanto de un gigante loco

en pulsaciones geológicas orgásmicas sin fin,

hasta quedarse atrapadas en el tiempo

como esponjosas cavernas de azúcar rosa;

la majestuosidad, vestigio inequívoco del pasado,

evidenciando poder y riqueza aún en las ruinas

de la marmórea Efesso, donde cada roca

fue transformada en ornamento,

en elegante columna estriada,

-apoyo fiel del leoncinio o biblioteca-,

o en magníficos rostros de dioses paganos,

testigos mudos de todo lo sensual y placentero

que imprime el arte de quien sabe vivir;

el azul cargadamente eléctrico del Mar Egeo,

impasible frente a la rival y fragmentada Grecia;

su reflejo repetido a través del tornasol delicado

de las estilizadas ánforas de vidrio romano

encalladas y descubiertas en el exquisito

puerto de Bodrum, puerto de veleros

que de tan blancos parecen gruesos ópalos

o garzas de picos muy largos en bandadas,

completando a la perfección, con un genuino amigo;
el lujurioso esmeralda, escalonando los húmedos

y palpitantes sembradíos de Rize;

el omnibulado Monasterio de Summery en Trabzon,

colgado como una curiosa jaula rectangular

de las puntas romas e irregulares de sus montañas,

la pasión aberrante y adicta a Sinop,

a sus atardeceres matizados y serenos

desdibujados pacientemente frente a su melancólico puerto bello, 
salpicado de índigas golondrinas,

que como malla de puntos móviles van a coronar

la áspera pared-fortaleza desde donde se divisa

degustando un sabroso chaild con caída roja de sol

desde los espesos pinares hasta el límite plata

que demarca la pureza metálica del agua;

las duras mezclas del embrujo de Estambul,

agitado, excéntrico, irreal, asiento concentrado

palacios de los suntuosos Aladinos de ayer,

envueltos por el velo prisionero de sus harenes

que como anexos inseparables penden de ellos,

como dulces panales o colas de sirenas;

el romanticismo penetrante y envolvente

de sus sobrecogedoras cisternas repujadas

en la misma historia de su acuoso mundo

en donde internamente todo se inmola

en nombre de la pureza acústica clásica,

en la refinada estética de contorno ovalado

de los lánguidos ojos sin luz, de Afrodita volcada;  
sus multisápidos bazares donde todo se vende:
el olor embriagante del aceite del limón dulce,

la móvil y grotesca marioneta hecha de piel curtida,

tan delgada como translúcida membrana de arco-iris,

las mágicas alfombras voladoras de brillante

y mórbida seda, de mullido algodón, 
o áspera lana virgen

entretejidas en un paroxismo de imágenes,

de formas suaves como corolas abiertas

con preponderancia geométrica perfecta,

las pesadas lámparas habitadas por genios

que cumplen todos los deseos imposibles,

los antiguos y curiosos relojes embutidos

en esféricas burbujas de cristal de cuarzo,

las pipas de espuma de mar lapidadas

como aves de presa, cabezas de turco,

bestia marina o cualquier otro sueño,

los perfumeros de marfil pintados a mano

con un solo pelo de dorado camello,

las cajitas de filigrana de plata y gemas,

o de oscura madera e incrustaciones de nácar.



También Turquía son sus derviches danzantes,

sus sensuales masajes en baños de pulida piedra,

sus mujeres embebidas bajo sus pesados ropajes

que les imprimen un aire informe, lúgubre, serio,

ajeno a la edad, personalidad o nivel de hermosura,

todas igualadas en un rígido y monótono uniforme

de obligada castidad, burdo hábito de convento de clausura

que niega rotundamente la identidad merecida y propia,

del contorno de la hembra, la amplitud fresca de la sonrisa,

en donde sólo la inquieta y curiosa mirada logra escapar

del blindado cerco que el varón celoso e inseguro

que ha podido levantar por la fuerza ante su mismo deseo;

el arte de saber compartir lo que se tiene

sin importar valor o cantidad disponible,

sólo por el placer de dar y repartir con todos,

es esa posesión del instinto perdido para tantos,

de percibir con el sentido del corazón

y abrirlo ante la verdadera naturaleza humana,

entregándose por entero y sin recelos;

el lenguaje inusual de los gestos y del tacto

que creí extinto después de visitar muchas geografías,

y que lo he aprendido cada día con tu gente.

Me inclino ante tu pueblo aunque difiera por completo

de tu duro y limitante trato ante lo femenino.


Astrid Colomine (poeta venezolana)

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