Saharaui, mar durmiente.
Rosa del desierto, mar
durmiente
dentro del vientre amoroso de
África,
nacida en lo más izquierdo
de su móvil corazón de
arena,
leo en tu mano cada estrella,
que ha dejado la dulzura
del dátil fresco de la niñez
en su lucha desmedida por
recuperar
la Patria robada de sus
entrañas,
su raíz salada Atlántica,
su joya predilecta El Aaiun,
su abalorio perfumado de
lehbalía
los pequeños bosques con
aroma a talha,
su oasis compartido de
abundantes frigs
donde las familias acampan
amistosas en jaimas
sobre el uad, esas riberas
fluviales siempre vivas
en donde se aprovecha el
tiempo de sequía del río,
con el ritual de infusiones
hirvientes de la hierbabuena
saboreando la aglutinada
sémola perlada del cuscús
y la carne tierna del cabrito
sahumado,
oyendo historias nocturnas de
tradición y repetición
del mítico pájaro Um Yaber,
capaz de atravesar volando los
océanos de arena,
contadas por las bocas ya
resecas de los abuelos
en su lengua hasanía límpida
y ancestral,
retando la mente con un
laberíntico juego de damas,
bailando al son del tabal
tocado por las mujeres
que cubren la larga seda
oculta de sus cabellos
con el izár, pañuelos
oscuros de nila,
vistiendo sus melfas que
envuelven
su tostadas pieles azuladas
de cáscara de ajonjolí y
añil,
con su fino manto de fuertes
colores
como si fuesen caramelos
multicolores en un cesto,
resaltando el negro profundo
de sus ojos
al delinear sus sugestivos
contornos
con el precioso polvo mineral
de la kehla,
riendo con los aguerridos
mozos bawah
buscadores de lluvia y lugares
de pasto en lo seco,
ataviados con sus holgados
darrás de algodón
y coronados con sus elzan,
turbantes de entramados hilos
enrollados como serpientes
rupestres,
todos sentados con placidez
sobre las usadas de cuero curtido
que recuerdan la forma y el
color terracota del tamarindo,
alrededor del fuego, silentes
bajo el cielo infinito,
mientras abanican los vientos
sureños gueblía
refrescándoles el sudoroso
rostro de ébano.
O afanados, recolectando
fósiles acuáticos
de sales petrificadas en un
mar que ya no existe
mientras sueñan con las
hermosas estepas de Tiris
y sus sinuosos montículos de
Gleibat Ihiyak,
masticando insistentemente
atil para blanquear
sus relucientes dientes con
fibras de luna,
anhelando probar la dromedaria
espuma
de la leche tibia sabor a
hojas de tafsa,
y colorear sus alfombras
magrebíes al sol
con sus concentradas tinturas
vegetales de hojas y raíces
resistiendo la fuerza eólica
y cortante del siroco.
Astrid Colomine (poeta venezolana)



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