6 de agosto de 2018


Saharaui, mar durmiente.

Rosa del desierto, mar durmiente

dentro del vientre amoroso de África,
nacida en lo más izquierdo

de su móvil corazón de arena,

leo en tu mano cada estrella,


cada hombre cuerpo de duna                          

que ha dejado la dulzura

del dátil fresco de la niñez

en su lucha desmedida por recuperar

la Patria robada de sus entrañas,

su raíz salada Atlántica,

su joya predilecta El Aaiun,

su abalorio perfumado de lehbalía    

los pequeños bosques con aroma a talha,

su oasis compartido de abundantes frigs

donde las familias acampan amistosas en jaimas

sobre el uad, esas riberas fluviales siempre vivas

en donde se aprovecha el tiempo de sequía del río,

con el ritual de infusiones hirvientes de la hierbabuena

saboreando la aglutinada sémola perlada del cuscús

y la carne tierna del cabrito sahumado,

oyendo historias nocturnas de tradición y repetición

del mítico pájaro Um Yaber,

capaz de atravesar volando los océanos de arena,

contadas por las bocas ya resecas de los abuelos

en su lengua hasanía límpida y ancestral,

retando la mente con un laberíntico juego de damas,

bailando al son del tabal tocado por las mujeres

que cubren la larga seda oculta de sus cabellos

con el izár, pañuelos oscuros de nila,

vistiendo sus melfas que envuelven                     
su tostadas pieles azuladas                        
de cáscara de ajonjolí y añil,

con su fino manto de fuertes colores

como si fuesen caramelos multicolores en un cesto,

resaltando el negro profundo de sus ojos

al delinear sus sugestivos contornos

con el precioso polvo mineral de la kehla,

riendo con los aguerridos mozos bawah

buscadores de lluvia y lugares de pasto en lo seco,

ataviados con sus holgados darrás de algodón

y coronados con sus elzan, turbantes de entramados hilos

enrollados como serpientes rupestres,

todos sentados con placidez sobre las usadas de cuero curtido

que recuerdan la forma y el color terracota del tamarindo,

alrededor del fuego, silentes bajo el cielo infinito,

mientras abanican los vientos sureños gueblía

refrescándoles el sudoroso rostro de ébano.





O afanados, recolectando fósiles acuáticos

de sales petrificadas en un mar que ya no existe

mientras sueñan con las hermosas estepas de Tiris

y sus sinuosos montículos de Gleibat Ihiyak,

masticando insistentemente atil para blanquear

sus relucientes dientes con fibras de luna,

anhelando probar la dromedaria espuma

de la leche tibia sabor a hojas de tafsa,

y colorear sus alfombras magrebíes al sol

con sus concentradas tinturas vegetales de hojas y raíces

resistiendo la fuerza eólica y cortante del siroco. 


Astrid Colomine (poeta venezolana) 



No hay comentarios.:

Publicar un comentario